La jornada en la que las abejas decidieron hablar
A veces las visitas no solo vienen a ver abejas… vienen a encontrarse con algo más profundo. Esta es la puerta de entrada. Lo que pasó dentro… no se olvidará fácilmente.
Antes de la decisión, viene la espera.
Las abejas colgadas a la intemperie, un racimo vibrante que desafía la noche, el frío y el olvido.
Algunas ya no están. Otras apenas se mueven. Pero la mayoría se mantiene firme, aferrada a la vida, a la reina, a ese impulso vital que las hace buscar —y encontrar— el lugar adecuado.
No lo exigen. No lo improvisan. Lo esperan. Y cuando llega… lo saben.



Hoy, en la jornada de puertas abiertas en el Albergue, fueron las abejas quienes nos dieron la bienvenida.
Cuatro enjambres nuevos —sí, cuatro— aparecieron como si la naturaleza hubiera decidido sumarse a la cita.
El primero me pilló con la careta puesta y la gente ya subiendo la cuesta final. Apenas tuve tiempo de colocar la caja cuando empezaron a entrar. No volando, sino caminando. Una a una, con determinación. La entrada —la piquera— se volvió un desfile ordenado.
Era evidente: habían aceptado.
Una de ellas alzó su abdomen y desplegó su órgano de Nassanof. La señal estaba dada.
Yo solo había ofrecido una caja. Ellas decidieron convertirla en hogar.
Más tarde, el segundo enjambre se dejó ver ya instalado, discreto y sereno. El resto de la jornada fue un canto compartido. Visitantes, abejas, historias, preguntas… y esa emoción inexplicable que brota cuando uno habla desde el sentimiento.
Y mientras ellas decidían su destino con zumbido y danza, nosotros compartíamos el nuestro.
Allí, en medio del monte, de pie, con la careta aún puesta y las palabras saliendo no de la garganta, sino del pecho, hablé.
Seguimos!